El 18 de junio de 1811, los diputados de la Provincia del Paraguay, reunidos en Junta General, aprobaron, entre otras, las siguientes resoluciones:
“…que esta Provincia no solo tenga amistad, buena armonía y correspondencia con…las demás provincias confederadas” (del antiguo virreinato del Río de la Plata), “sino que también se una a ellas para el efecto de formar una sociedad fundada en principios de justicia y equidad y de igualdad bajo las declaraciones siguientes:
Primera: Que mientras no se forme el Congreso General” (de las provincias del virreinato), “ESTA PROVINCIA SE GOBERNARÁ POR SI MISMA, sin que la Excelentísima Junta de Buenos Aires y demás provincias confederadas pueda disponer y ejercer jurisdicción sobre su forma de Gobierno, régimen, administración ni otra alguna causa correspondiente a esta misma provincia.
Segunda: Que restablecido el comercio, dejará de cobrarse el peso de plata que anteriormente se exigía por cada tercio de yerba con nombre de sisa y arbitrio, respecto a que hallándose esta provincia como fronteriza a los portugueses en urgente necesidad de mantener alguna tropa por las circunstancias del día y también de cubrir los presidios” (fuertes) “de las costas del río contra la invasión de los infieles, aboliendo la insoportable pensión de hacer los vecinos a su costa este servicio, es indispensable a falta de otros recursos cargar al ramo de la yerba aquel u otro impuesto semejante.
Tercero: Que quedará extinguido el Estanco del Tabaco, quedando libre el comercio como otros cualesquiera frutos y producciones de esta provincia y que la partida de tabaco existente en la Factoría de esta ciudad comprada con el dinero que anteriormente era de la Real Hacienda se expenderá de cuenta que esta provincia para el mantenimiento de su tropa y de la que ha servido en la guerra pasada y aún se halla mucha parte de ella sin pagarse.
(…)
En séptimo lugar, se previene que los oficios de Presidente, vocales y Secretario de la Junta de Gobierno de esta provincia no deben ser vitalicios, ni durar por más tiempo que el de cinco años y que en lo sucesivo deberán ser provistos”(elegidos) “por el pueblo en Junta General como la presente, todo en la inteligencia que no se disponga otra cosa por el Congreso General y se ratifique por esta provincia.
(…)
Por último y consiguientemente que quede suspendido por ahora todo reconocimiento de las Cortes” (españolas), “Consejo de Regencia” (de la Corona) “y toda otra representación de la autoridad suprema o superior de la nación en estas provincias hasta la suprema decisión del Congreso General…”
Para sintetizarlo en palabras simples que incluso cualquier político de hoy podría entender, nuestros fundadores dijeron, en el documento parcialmente transcripto, que Paraguay no acepta unirse a ningún proceso de integración mientras no se le garantice igualdad plena y neta con los demás integrantes; que Paraguay a nadie reconoce autoridad alguna para trabar su comercio exterior; que Paraguay no paga impuestos exigidos por otra autoridad que el Paraguay mismo; que en Paraguay el ejercicio de los cargos públicos dura solamente cinco años y que Paraguay no admite la continuidad de la jurisdicción española sobre América.
Nuestros fundadores no tomaron estas decisiones por capricho o por romanticismo ideológico. Lo hicieron porque llevaban doscientos años constatando que sometidos a decisiones tomadas fuera de Paraguay, que sufriendo controles externos sobre nuestro comercio internacional, que pagando impuestos que se aplicaban a las necesidades de otros, nuestro pueblo se empobrecía irremediablemente.
Había en 1811 políticos que contra toda evidencia sostenían, como hace ahora un buen número de políticos y empresarios actuales, que Paraguay no podría sobrevivir sin integrarse a la región y que estábamos condenados a integrarnos.
A esta clase de políticos y empresarios actuales, ignorantes de la historia paraguaya y del interés nacional paraguayo, solo cabe decirles que mienten hoy, como mintieron en aquellos días los que querían la integración, y la prueba de sus mentiras está en que hoy estamos celebrando el Bicentenario de nuestra Independencia.
No solamente sobrevivimos entonces, sino que, en términos relativos, prosperamos. Nuestros fundadores tuvieron razón, fue mejor conducirnos solos. Mucho mejor.
La existencia de nuestra gran República es la prueba viviente de que mintieron entonces, como mienten hoy, y de que es no solamente posible, sino deseable, provechoso y conveniente mantenernos libres y soberanos.
Nuestro país se encuentra hoy ante el mayor desafío de su historia, el proceso denominado MERCOSUR que, por causa de esos políticos y empresarios señalados, se está realizando sin garantizar las condiciones que nuestros fundadores establecieron como condición previa para cualquier esfuerzo integrador.
MERCOSUR no nos reconoce igualdad plena, sino que admite la primacía de Brasil y Argentina; MERCOSUR no nos garantiza nuestra libertad de comercio, sino que tolera los bloqueos de Hugo Moyano y sus cómplices y MERCOSUR nos exige impuestos resueltos en Brasilia con el Arancel Externo Común y sobre todo con la Aduana Común.
Como se ve, los políticos y empresarios que nos están empujando hacia MERCOSUR están desandando el camino que nuestros fundadores empezaron a caminar con la victoria de Paraguari que nos llevó a la feliz Independencia que hoy estamos celebrando.
Las consecuencias de este empujón prepotente serán las mismas que sufrieron nuestros ancestros: un empobrecimiento paulatino, anestesiante y alienante.
Sobre nosotros, el pueblo paraguayo, recae la tarea de no dar más votos y de no volver a elegir para puestos de responsabilidad a estos políticos actuales, incapaces de entender a nuestros fundadores y mucho menos de honrar su obra suprema, este Paraguay libre e independiente del que muchísimos paraguayos nos sentimos orgullosos.
Comments
Post new comment