Tengo el privilegio de estar disfrutando de mis vacaciones en México, país cuya antigua y venerable historia admiro y cuya Revolución tiene conquistas que son ejemplo para todos los países de América Latina.
La vida política mexicana ha sido muy dolorosa. Como la mayoría de las sociedades forjadas por el Imperio Español en América, la mexicana fue presa, al independizarse, de las consecuencias de la pesada herencia autoritaria de las instituciones de la monarquía española, que nunca creyó, hasta 1975, en las bondades de la libertad.
Los políticos mexicanos en general, como los paraguayos, han entendido el poder como oportunidad para refundar el país según sus particulares puntos de vista –quieren hacer ingeniería social, modelar la sociedad a su imagen y semejanza- y no como servicio de buena administración. No es casualidad que hayan usado el poder pues, muchos de ellos, también como instrumento para obtener sus logros personales.
Así, han aparecido en forma recurrente en México figuras como Antonio López de Santa Anna o Porfirio Díaz Mori que, dada la manera en que entendían el poder, impusieron a los mexicanos sus respectivas reelecciones presidenciales. Santa Anna once veces, Díaz ocho veces.
Fernando Lugo no inventó la trampa de oponerse a la reelección para lograr ser elegido a la presidencia. La inventó Porfirio Díaz, en México, encabezando el movimiento para incluir la prohibición de la reelección en la Constitución mexicana, cosa que logró en 1879, solo para iniciar inmediatamente la conspiración que le permitiría durar más de treinta años en el ejercicio del poder.
Si no existiera Hugo Chávez, Porfirio Díaz podría muy bien ser quien inspira las mentiras de Fernando Lugo.
Cansados de esta clase de políticos, los mexicanos hicieron su gran Revolución, derrocando al perdurable presidente y estableciendo solemnemente, en la Constitución de Querétaro, promulgada el 5 de febrero de 1917, en su Artículo 83, que: “El Presidente entrará a ejercer su encargo el 1ro. de diciembre y durará en seis años. El ciudadano que haya desempeñado el cargo de presidente de la República, electo popularmente, o con el carácter de interino, provisional o sustituto, en ningún caso y por ningún motivo podrá volver a desempeñar ese puesto”.
Como en Paraguay, esta provechosa disposición ha sido permanente cuestionada por los políticos mexicanos, incluso por aquellos del otrora todopoderoso Partido Revolucionario Institucional (PRI), entidad formada por los herederos y supuestos defensores de la Revolución.
Uno de ellos, Luis Echeverría, presidente de México entre 1970 y 1976, realizó el más vigoroso intento de perpetuarse mediante la reelección, utilizando, como siempre hacen los de su especie, todos los enormes recursos de la presidencia de la República para lograr su propósito.
Pero los mexicanos tenían la lección bien aprendida.
El día en que Echeverría tenía planeado anunciar el inicio del proceso de enmienda constitucional que le hubiera permitido durar en el mando presidencial más de un periodo, justamente en la fecha que se celebraba el 58 aniversario de la Constitución de Querétaro, el 5 de febrero de 1975, el entonces presidente del Comité Ejecutivo del PRI, Jesús Reyes Heroles, le dijo personalmente a Echeverría en un discurso oficial, transmitido a todo México, lo siguiente:
“Cuando se ha realizado alguna reforma que por circunstancias temporales, históricamente concretas, parece hecha para un hombre-permitir la reelección en 1928-se ha debido reformar la reforma. De ahí aprendimos a no reformar para un hombre, por históricamente conveniente que parezca, a saber, que reformas hechas para personas niegan principios, quebrantan instituciones y nos apartan de nuestro sendero. Por lo consiguiente, aquellos aturdidos que pretenden la reelección lesionan a la Revolución, niegan nuestras instituciones y ofenden al revolucionario Luis Echeverría, dando lugar a un mal mayor que el que desean hacer aquellos que siniestramente la propalan”.
Reyes Heroles fue inmediatamente defenestrado, por supuesto, pero todo México advirtió las intenciones de Echeverría y la ofensiva continuista terminó abruptamente ese mismo día.
No tenemos en el oficialismo paraguayo a ningún Reyes Heroles. Blas Llano, el equivalente en el actual esquema de poder paraguayo a ese gran mexicano, no se anima a decirle a Lugo nada semejante. Tal vez ni lo desea. En el complaciente e inescrupuloso oficialismo paraguayo, plagado de oportunistas y mentirosos como Lugo, solo se oyen las solitarias voces disidentes de Federico Franco, Efraín Alegre y Rafael Filizzola.
Los paraguayos conocemos tan bien como los mexicanos que la reelección representa el principio de la dictadura. Pero el poder ha transformado a políticos como Carlos Filizzola, Emilio Camacho, Eusebio Ramón Ayala y cuántos otros, que ayer sabían esto y hoy proclaman haberlo olvidado.
La reforma reeleccionista de Porfirio Diaz, hasta en eso le repite Lugo, se basó en el reclamo de que solamente él podía garantizar la continuidad del crecimiento mexicano que, efectivamente, fue grande durante su gestión.
A los reeleccionistas no les interesa que el crecimiento se debe más al buen funcionamiento de las instituciones o de las variables económicas internacionales que al hipotético talento de un sólo hombre, ni les interesa que el sistema de libertades se deteriore como ha ocurrido siempre en nuestra propia historia con la figura de la reelección presidencial.
Mientras escribo esto, en la maravillosa Ciudad de México, con la vista perdida entre la Avenida de los Insurgentes y en el Monumento a la Revolución, hay políticos mexicanos, encabezados por el propio presidente Felipe Calderón, que siguen acariciando la idea de la reelección.
Lo cual demuestra que los pueblos no deben confiar en los políticos, porque los intereses de los políticos no son los del pueblo. Y, lo más importante, demuestra que los pueblos deben defender solos las garantías a su libertad, porque si dejan la defensa de las mismas a los políticos, estos las destruirán tarde o temprano en la búsqueda de mayor poder y menor control popular.
Es lo que han hecho Fernando Henrique Cardoso, en Brasil; Álvaro Uribe, en Colombia; Manuel Zelaya, en Honduras; Richard Nixon, en Estados Unidos; y muchos como ellos, que simplemente han confirmado el axioma de Lord Acton: “el poder corrompe, el poder absoluto corrompe absolutamente”.
Por eso, justamente por eso, nadie debería permanecer en el poder más que un tiempo muy limitado, cinco años, que son suficientes para hacer bien lo que haya que hacer.
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