La nación árabe, cientos de millones de personas que viven entre Nuakchott, sobre el Atlántico, y Muscat, sobre el Golfo de Omán; entre Túnez, sobre el Mediterráneo, y Mogadisio, sobre el Índico, está confirmando, una vez más, que todos los seres humanos nacen iguales, dotados de derechos inalienables cuyo respeto buscan y pretenden, entre los que se cuentan el derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad.
Está confirmando, la nación árabe, que cuando las formas de gobierno impiden esa búsqueda y esa pretensión, la gente ejerce, temprano o tarde, el derecho de cambiarlas o abolirlas para instituir nuevos gobiernos en procura de asegurarlas.
Mohamed Buazizi tenía 26 años, era vendedor callejero. En diciembre de 2010, agentes de la municipalidad de Túnez, capital del país del mismo nombre, le confiscaron sus productos y lo humillaron en público.
Tunez estaba gobernado desde hacía veintitrés años por un dictador pro-occidental, Zine El Abidine Ben Ali.
El 17 de diciembre de 2010, Mohamed se prendió fuego en la calle y se inmoló, en protesta por el abuso gubernamental, y con su sacrificio encendió la mecha del mayor movimiento revolucionario del mundo en los últimos veinticinco años.
Miles y miles de tunecinos salieron a las calles y lograron que el 4 de enero de 2011 el dictador Ben Alí renunciara y optara por el exilio, no sin antes robar todo el dinero público que le fue posible en su precipitada huida.
Conmovidos por el triunfo popular en Túnez, un grupo de jóvenes egipcios acicateados por el bloggero Wael Ghonim, entre otros, convocó al pueblo a la Plaza Tahrir de El Cairo, capital de Egipto, para pedir libertad y decencia al gobierno de Hosni Mubarak, dictador del país desde el 6 de octubre de 1981, mimado predilecto de Occidente.
Las multitudes empezaron a reunirse el 25 de enero de 2011 hasta convertirse en una incontenible marea de millones de egipcios en todas las plazas y calles de la venerable patria de los faraones.
El 26 de enero, cientos de ciudadanos sirios salieron también a las calles de Damasco, capital de Siria, a pedir libertad y decencia al dictador anti occidental Bashar El Assad, en el poder desde 2000, año en que sucedió a su padre, que había ejercido la dictadura desde 1971.
El 27 de enero, unos cuantos miles de yemenitas, animados por el ejemplo egipcio, tomaron las calles de Sanaa, la capital de Yemen, a pedir la renuncia del dictador Ali Abdullah Saleh, un acomodaticio mediador entre Occidente e Irán, que los oprime desde 1978.
Ochocientos cincuenta egipcios dieron la vida por la libertad y su sacrificio no fue en vano, pues el 11 de febrero el dictador Mubarak renunció a la presidencia y ahora está sometido a arresto y juicio.
El 14 de febrero, miles de bahreiníes tomaron también las calles de Manama, capital del pequeño sultanato de Bahréin a exigir libertad y derechos.
El 17 de febrero, los libios empezaron a protestar contra el dictador Muammar Gaddafi, en esos días de luna de miel con las potencias occidentales luego de ser, por décadas, uno de sus más detestados enemigos.
El 20 de febrero, por primera vez en los largos cuarenta y un años y medio de la dictadura de Gaddafi, los ciudadanos de Trípoli, capital de Libia, salieron a las calles a sumarse a las protestas.
El mito perverso según el cual los árabes no desean la libertad tanto como los paraguayos, los norteamericanos, los hindúes o los chinos, cayó hecho pedazos ante la realidad de estos millones de seres humanos exponiendo sus vidas por el derecho a decir lo que quieren, a vestir como quieren, a rezar o a no rezar, a buscar, en síntesis, la felicidad.
Se derrumbaron en pocas semanas las ridículas teorías de tantos y tantos intelectuales bien pagados que han estado sosteniendo a las peores tiranías en nombre de supuestas diferencias culturales, e incluso raciales, a las que buscaron, con sus miserables escritos, prestar legitimidad diciendo que la libertad no es una aspiración universal sino solamente occidental.
Al contrario de Ben Alí y de Mubarak, los dictadores de Bahréin, Siria, Yemen y Libia decidieron ahogar en sangre los reclamos del pueblo.
La dictadura de la familia Al Khalifa en Bahréin aplastó la rebelión con ayuda de tropas de Arabia Saudita y el apoyo político de Estados Unidos y para el 14 de marzo de 2011, tenía a su país nuevamente sometido.
La reacción de El Assad está costando entre 1.800 y 3.000 sirios asesinados por su dictadura, en diversos recuentos realizados hasta el 14 de octubre.
El dictador Saleh se mantiene en el poder combinando el uso de la fuerza con negociaciones con el movimiento revolucionario yemení.
En Libia, para mediados de ese mismo mes de marzo, la rebelión popular había conquistado la mayor parte del país, excepto un corredor entre Trípoli y Sirte, la ciudad natal del dictador Gaddafi.
Debido a las acciones ordenadas por Gaddafi contra los habitantes de Zawiya y grupos de manifestantes, el 17 de marzo, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, por diez votos a favor, cero en contra y cinco abstenciones, ordenó proteger “con todos los medios necesarios” a la población libia amenazada por su propio gobierno.
Esta Resolución 1973 fue asumida por fuerzas francesas, inglesas, italianas y españolas de la Organización del Tratado del Atlántico Norte.
La continuación de los asesinatos en el intento de Gaddafi de mantener el poder por la fuerza motivó que el 27 de junio de 2011 la Corte Penal Internacional, con acusación del fiscal argentino Luis Moreno Ocampo (quien acusó y logró la condena de los dictadores argentinos) emitiera una orden de arresto internacional contra el dictador “por su política de amplios y sistemáticos ataques contra civiles, manifestantes y disidentes”.
El 22 de agosto de 2011, el pueblo libio liberó Trípoli, y Gaddafi pasó a una especie de clandestinidad, pues nadie sabía donde se escondía.
El pasado 20 de octubre, fue liberada Sirte, la última ciudad en manos de los esbirros del dictador. En el intento de huir, Gaddafi se escondió en unos caños de drenaje, donde fue encontrado por Mohamed El Bibi, un joven de 20 años y fue ajusticiado.
No sé si sobre la Revolución Árabe se edificará una sociedad libre. Temo que el esfuerzo de millones de árabes termine secuestrado por la ralea religiosa, como ocurrió en Irán. Pero nadie puede ya seriamente negar que los árabes están dando el más estentóreo grito de libertad escuchado desde que los pueblos sometidos al marxismo lo derribaron en 1989.
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