Una buena parte de los fanáticos religiosos musulmanes que andan por el mundo matando gente en el nombre de Dios, lo hace tras recibir formación en escuelas religiosas que los islámicos llaman “madrazas”, donde los sacerdotes enseñan que combatir hasta la muerte contra un orden social contrario al plan divino es una digna defensa de la fe.
Ossama bin Laden, Anwar al Awlaki, Ayman al Zawahiri, entre otros nombres ahora tristemente célebres, surgieron todos de escuelas religiosas y por la defensa de la fe se convirtieron en aquello por lo que son conocidos.
No es casualidad, ninguna casualidad, que el fenómeno terrorista tenga orígenes religiosos. El fanatismo (“1. m. Tenaz preocupación, apasionamiento del fanático. Fanático, ca. Del lat. fanatĭcus. 1. adj. Que defiende con tenacidad desmedida y apasionamiento creencias u opiniones, sobre todo religiosas o políticas. U. t. c. s. 2. adj. Preocupado o entusiasmado ciegamente por algo”) es el resultado lógico de ser formado en la creencia de que una deidad o fuerza histórica trascendental concibió un plan fuera del cual no hay sino condenación eterna.
Cualquiera que piense de ese modo, que vea el mundo de esa manera, está predispuesto a no tolerar cualquier cosa que sea distinta y si tal persona tiene el carácter suficiente, hay un solo paso que debe dar para empezar a matar por sus creencias: Adquirir las armas.
Esta es, también, la historia del grupo terrorista autodenominado “Ejército del Pueblo Paraguayo” (EPP), un grupo surgido de escuelas religiosas integrantes de las Pastorales Social y Juvenil de la Iglesia Católica Apostólica Romana.
No voy a repetir aquí los detalles que sobre el punto ha dado con suficiencia el obispo de Concepción, Zacarías Ortiz, pero sí recordar que estos asesinos de policías, secuestradores y asaltantes, son una excrecencia de la Iglesia.
“Dios es amor”, dicen los que pretenden evadir esta realidad, olvidando que es amor hasta que exige sacrificios: “Al hombre que cause divisiones, después de una y otra amonestación deséchalo, sabiendo que el tal se ha pervertido, y peca y está condenado por su propio juicio.” (Carta del Apóstol San Pablo a Tito, 3:10/11).
Es inexacto, desde el punto de vista ideológico, catalogar al EPP como un grupo “marxista-leninista”. El EPP adscribe al marxismo solamente en la medida en que lo hace su matriz formativa, la “Teología de la Liberación”.
Como todo el mundo sabe, y lo han definido sus creadores, la Teología de la Liberación usa el marxismo como instrumento de análisis social, pero sigue siendo cristiana. La lucha de clases es la manera en que ella explica la pobreza en América Latina, la dictadura del proletariado es el modo en que se logrará adelantar el Reino de Dios sobre la tierra –“Teología de la Liberación” (1971), “La Fuerza Histórica de los Pobres” (1979), del sacerdote dominico Gustavo Gutiérrez, teólogo-.
Es cierto que el Papa Benedicto XVI, en su anterior calidad de Prefecto para la Doctrina de la Fe, condenó la Teología de la Liberación por decir que “Dios se hace historia profana”; el Pontífice la acusó de “caer en un inmanentismo historicista, que tiende injustificadamente a identificar el Reino de Dios y su devenir con el movimiento de la liberación meramente humana, lo que está en oposición con la fe de la Iglesia” -(http://bit.ly/pONdY8) y (http://bit.ly/qEWrEg)-.
Pero no es menos cierto que los agentes de Pastoral Social de las diócesis católicas siguen usando la Teología de la Liberación como doctrina básica, ellos son nuestras madrazas, que no son un fenómeno extraño allá en el lejano Pakistán, sino que están trabajando bajo nuestras narices, aquí en los muy cercanos departamentos de San Pedro y Concepción.
Mario Melanio Medina, obispo de Misiones y Ñeembucú, hace reclamos muy vehementes para combatir al EPP y tiene razón. Pero su reclamo, más que al gobierno debería dirigirlo a los agentes de las Pastorales Social y Juvenil de su propia Iglesia.
Es muy fácil mirar la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio (Mateo 7:3), pero en algún momento la Iglesia Católica debe asumir sus responsabilidades en las cosas que están mal en nuestro Paraguay.
Y no es solamente el EPP, que es, como señalé más arriba, una excrecencia.
La destrucción completa de los conceptos de propiedad privada y de seguridad jurídica que impulsa Fernando Lugo, a través del Partido Liberal Radical Auténtico (el presidente del INDERT, Marciano Barreto es un funcionario liberal de la línea de Blas Llano), surge también de la Teología de la Liberación, de la que el presidente de la República es militante.
El liberal llanista José Paková Ledesma, gobernador de San Pedro y activo mediador de invasores de propiedad, es un pío hombre de Iglesia, comprometido también con la Teología de la Liberación.
No es casualidad que estos hombres de Iglesia que trabajan en el Partido Liberal Radical Auténtico estén impulsando la destrucción de los conceptos de propiedad privada y seguridad jurídica.
“La liberación requiere estructuras socialistas, pues la propiedad privada constituye, en esta etapa actual del subdesarrollo, el cuello de botella estructural fundamental, impidiendo la liberación humana” –Gustavo Gutiérrez, “Teología de la Liberación” (1971)-.
Desde las madrazas, se le está imponiendo a nuestro Paraguay una revolución en la que los propietarios deberán mendigar al gobierno la gracia de poder seguir trabajando, una revolución con la que ese mismo gobierno pretende una transformación radical de los medios de producción.
Por ignorancia de las doctrinas de la Teología de la Liberación, o por oportunismo sin escrúpulos, hay fuerzas políticas que apoyan al presidente Fernando Lugo porque creen que se van a aprovechar de él.
La Unión Nacional de Ciudadanos Éticos y el Partido Liberal Radical Auténtico son estas fuerzas políticas que se ven a sí mismas muy astutas por recibir algunos carguitos que carecen de significación alguna a la hora de desarrollar los proyectos que están en curso y que, por supuesto, el presidente de la República reparte complacido, riéndose a carcajadas de los supuestos astutos.
Creo que a esta altura de los acontecimientos, lo que yo pueda escribir para analizar el tema es nada comparado con los testimonios de los productores en zozobra, que viven amenazados, amedrentados, amilanados por haber cometido el pecado mortal (según Gutiérrez) de prosperar con su trabajo y su propiedad.
Es a ellos a los que hay que preguntar si lo que escribí más arriba es verdad o es mentira, porque el movimiento telúrico que sacude a nuestro Paraguay todavía no alcanzó a Asunción.
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